Hoy tocó Polaris para cruzar América. Vengo sentado en uno de los asientos de adelante volando de Buenos Aires a Houston rumbo a Asia. La travesía es larga: de Argentina a Japón pasando por Estados Unidos. Le entro al champagne y ceno en seis tiempos a 32 mil pies de altura. Estoy preparado para el viaje más largo de mi vida (yo aún no lo sé, pero en unas semanas ya será el segundo más largo porque iré a Hong Kong) porque serán 10 horas de Buenos Aires a Houston, 4 a San Francisco y después 10 a Tokyo ‘sé que en español se escribe con “i”, pero Tokyo ya es del mundo y el mundo la escribe con “y” y aquí estamos.
La nota de hoy es que la purser (así le dicen a la mera mera de los sobrecargos) viene volando con su hija que recién se estrenó de flight attendant y qué placer. Me dejó pensando si me hubiese gustado trabajar con papá y la respuesta es NO. Y me explico: no es que no lo habría deseado, pero siendo los dos tan perfeccionistas, eso hubiese terminado muy, pero muy mal. Jodiéndonos la vida.
Y sin embargo, pienso que el momento más importante, el que más orgulloso me dejó, el pináculo de mi vida laboral, fue el momento en que papá llegó de imprevisto a la oficina “a saludarme porque viernes y estaba aburrido en su casa y se le hizo fácil salir con la bici por Reforma y visitarme”. Claro, sin importar que era viernes con breaking news, cierre y junta de consejo con López-Dóriga para rendir cuentas del año fiscal.
- Estoy abajo. ¿En qué piso está tu oficina?
- Estoy trabajando, pero sube al segundo piso de la plaza (Reforma 222) y camina hacia Reforma y asómate al ventanal de la izquierda, a la suite, la oficina grandota.
Y allí estaba yo en mi oficina con cafetera propia, sillón de tres plazas para dormir en esas madrugadas de siempre o desvelándome. Papá quedó en shock. Regresó al lobby de Reforma 222, se presentó y subió. Iba como siempre, con su outfit de remedo de Lance Armstrong y seguramente pensó que yo me avergonzaría y preferiría bajar a comer juntos o algo así, pero no. Ya lo esperaba en el elevador fifí, de esos que volteas hasta arriba y cabe la mudanza de todo un departamento. Bajamos en mi piso y saludó a mi asistente y dije: “Te presento a mi papá”, al tiempo que el pecho se me salía de emoción. Ella asintió y le dio la bienvenida “al señor Del Río”.
Papá entró a nuestro piso y quedó impresionado, pero no lo dijo. Al contrario, se hizo pato, pero mostraba una sonrisa delatora, de placer, de ya cumplí. Y luego lo presenté con mi equipo, mi gran equipo, y fue el mejor momento en los cuatro años en ese trabajo. Todos voltearon y saludaron al jefe del jefe. Fueron 10 segundos irrepetibles, en el que tuve el respeto y admiración de papá y mis compañeros. La mejor parte fue que se dieron cuenta de lo que significaba ese instante para mí e hicieron su parte.
Y papá se fue feliz. Realizado. Y yo también y en ese momento supe que era algo especial, pero jamás pensé que sería de los mejores momentos de mi vida. Y escribo esto solamente porque en el vuelo van mamá e hija sobrecagros y la mamá me lo contó de la nada, porque está orgullosa de su niña. Y está perfecto.
Claro que me hubiese gustado trabajar con papá, pero nunca estuvimos listos. Éramos muy perfeccionistas. Mejor así.






