Cruzamos el Amazonas al tiempo que escribo y me tomo un buen vino blanco chileno. No quise desayunar porque resulta que por alguna razón que desconozco porque ni solemos hospedarnos en esta cadena, me dieron status Diamond en Wyndham y eso me incluye el desayuno y mejor comí en el hotel antes de cruzarme al aeropuerto. Me gusta escribir el contexto para que el amable lector pueda imaginar el escenario.
Esta mañana volamos de Lima a Sao Paulo en un viejo A319 de Latam. Tiene Premium Economy, que no es más que el bloqueo del asiento de en medio y servicio completo de alimentos y bebidas.
Reservé el asiento 1A para ver el despegue en Lima. Me interesaba observar el corredor de San Isidro a Barranco desde el avión, el contraste del desierto y los pocos espacios verdes que tiene esta ciudad gris (no me maten los peruanos, pero es cierto).
Abordó un papá con su puberta. Tenían el 1C y el 1D (los pasillos). El señor me pidió por favor que si le cambiaba el lugar para que fueran juntos (los separaban 50 cm, literalmente el pasillo). Accedí con todo mi pesar y perdiendo la vista que tanto quería. Varios días antes tomé la precaución de reservar ese lugar y ahora lo perdía.
Repartieron los amenity kits. Son de colores y la puberta pidió verde. Un niño de 4 años en el 2F también quería verde, pero ya no había. La puberta no se lo quiso cambiar. Moraleja: a veces es mejor quedar como jerk (mamón) que como don pendejo. Go fuck yourself!
Resulta que el niño de cuatro años es un pingo. Apenas despegamos, la mamá le permitió hacer de todo. Es un pequeño rufián, un desbalagado que va caminando por el pasillo como si fuera su casa, invade el espacio personal de otros pasajeros e incluso, le impide a las sobrecargos hacer su trabajo de forma eficiente. Las flight attendants se llenan de paciencia y está bien, pero no conviertas la libertad en libertinaje, diría la “ya finada” Miss Raquel Moreno de la gloriosa The Mexico City School.
No sé si soy exagerado y me he vuelto poco tolerante a los niños malportados. Esto me lleva a comparar cómo éramos Cachuchas y yo cuando viajábamos a esa edad. La primera vez que fuimos en primera clase fue en el muy muy lejano (diría Shrek) 1993. Volamos a París vía Newark. No recuerdo el primer segmento desde México, pero el segundo por supuesto que yes. Para mí, todo era nuevo. Era la segunda o tercera vez que me subía a un avión de dos pasillos, pero jamás me había tocado un asiento que se hiciera reposet. No existían las lie-flat beds en ese entonces.
Nunca he dado por sentado que viajar es la regla. Al contrario, lo considero algo extraordinario aunque sea un México-Querétaro. Siempre veo como algo glamoroso subirme a un avión, así sea en medio y en la última fila. Me parece increíble “volar”, nunca dejará de sorprenderme. Pues aquella vez de Newark a París fue maravillosa. Tengo muy presente el momento en que Cachuchas y yo contemplábamos desde la sala el avión que nos llevaría al otro lado del mundo, mientras papá nos grababa con su cámara que no soltaba ni para dormir. Eso de que la pantalla saliera de un costado y apretaras un botón para reclinar el asiento era inaudito para un niño de seis años. Y ni qué decir del carrito de helados con toppings que jamás había visto en mi vida.
Todo esto viene a colación por el “Daniel El Travieso” que viene sentado atrás. Se ha perdido esa idea de que viajar en avión es un lujo. Recuerdo que mamá hasta nos vestía igual a Cachuchas y a mí. Íbamos de zapatos y nos hacía bolearlos la noche previa al viaje. Nunca aplicó métodos hitlerianos para controlarnos, pero nos portábamos bien. Hasta de camisa fajada nos trepábamos al avión. Todo eso ya se perdió. No digo que esté bien o mal. Sí juzgo a los escuincles diabólicos, pero más a sus papás valemadres.
Y bueno, aquí estoy. Escribiendo esto a 32 mil pies de altura cruzando el Amazonas mientras mamá cruza a 32 mil pies el Golfo de México (o de América, según tu preferencia política) y lo asombroso es que vamos hablando por Whatsapp. Simplemente impensado hace unos años.




Volar es una experiencia distinta cada vez , por el avión, por el destino, por el pasajero que te toca de vecino pero volar en sí es una maravilla tecnológica que no debería dejar de ser admirada solo por ser cotidiana, tú eres un privilegiado por tu capacidad de disfrutar aun cuando esa experiencia la hayas vivido cientos de veces. Felicidades!
Por otro lado, a los papás a veces nos estresa más que a los espectadores pero no siempre podemos controlar esos nervios/emociones que nuestros hijos sienten y no pueden contener, no las pueden procesar sentaditos y portaditos como soldaditos, y en silencio (no todos) y los responsables de ellos nos convertimos en receptores de malas caras, comentarios y por supuesto en defensores de nuestros tesoros pero en lo personal si hago TODO LO POSIBLE por contener a mi criatura, no siempre con éxito.